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La raíz de todos los males

Mi nombre es Adrián y estudié Sistemas Computacionales. Tengo 28 años y me dedico a hacer Planeación Estratégica en una agencia de publicidad digital. Me considero una persona bastante promedio, con hábitos bastante promedio: pago renta, hago lo posible por llegar a la quincena, trabajo en una oficina con horario de 9 a 6, uso transporte público, salgo al cine y a centros comerciales, de ves en cuando me doy algunos lujos pero creo que llevo un estilo de vida que considero adecuado y me siento feliz y satisfecho con mi vida.

Hace unos años, mi padre comenzó a tener problemas de salud bastante graves y eso despertó en mi una conciencia de buscar llevar un estilo de vida más saludable, ya que aún sabiendo que las enfermedades no son infalibles, considero valiosas las estadísticas que apoyan la idea de que comer bien y hacer ejercicio reduce la probabilidad de padecer enfermedades graves más adelante en la vida y provoca una mejor calidad en general. De que comencé a buscar ese estilo de vida tiene ya casi 10 años, durante los cuales he leído cientos de páginas, opiniones, métodos y filosofías sobre lo que implica “llevar un estilo de vida saludable” y que me han llevado a darme cuenta de que en realidad es un concepto más simple de lo que muchos creen.

“Comer bien” suena suficientemente simple, finalmente todos hemos escuchado los mensajes de que debemos comer frutas y verduras, tratando de variar la dieta lo más posible. Todos hemos leído las palabras “azúcar”, “proteína”, “carbohidratos”, “fibra”. Todos conocemos a alguien que se ha puesto a dieta o que toma jugos, informeciales de pastillas y dispositivos que prometen “absorber” o “desaparecer” la grasa y cómo todos, tenía un entendimiento construido a partir de todos estos conceptos.

Además, recientemente (de 5–8 años para acá, en mi caso) ahora escuchamos palabras mucho más complicadas: “vegano”, “gluten”, “transgénico”, “orgánico”, “pesticida”. El increíble volumen de contenido al que nos da acceso el Internet todos los días nos habla de nuevos descubrimientos de nutrición, medicina, producción, tecnología, nos informamos de las grasas buenas y malas, del colesterol, de los “súper alimentos”, de las nuevas dietas “paleo” y “keto”, de los crudiveganos, de los alimentos que dan o que curan enfermedades y cómo si eso no fuera suficiente, además ahora existe toda la información sobre la filosofía o ideología detrás de todas esas posturas alimenticias, mostrando una pasión casi religiosa por decidir qué y qué no comer. Toda esta información y todos estos términos al alcance de un clic. Es fácil hacerse un experto en todos estos temas pero súbitamente, ya no es tan fácil definir el concepto de “comer bien”.

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Uno de los momentos más importantes en mi recorrido para buscar el estilo de vida saludable llegó curiosamente por mi trabajo. A finales de 2014 la empresa más odiada y protagónica en el tema de producción alimenticia se acercó a mi agencia para que le desarrolláramos una estrategia de comunicación. Obviamente yo ya había escuchado de esta empresa. Cualquiera que investigue un poco de nutrición y alimentación irremediablemente termina dando con ella y sus intrincados planes de dominación global por medio del control del abasto de alimentación del mundo. Yo, como muchos otros, también he visto los documentales que los exhiben a ellos y sus conocidas prácticas monopólicas y carentes de ética.

He de aclarar que tengo muchos años trabajando en publicidad y he aprendido a no satanizar a las empresas. He tenido suficiente contacto con ellas para darme cuenta que esos entes monolíticos que parecen estar adueñados del mundo, realmente son niños asustadizos con miedo al cambio, miedo a que la gente los olvide y mucho, mucho miedo a equivocarse. Cuando he visto que las empresas cometen errores que provocan el repudio público, generalmente es por accidente o franca estupidez, a ninguna empresa le da gusto arruinar su imagen pública y los he visto ir a distancias grandes, muy grandes con tal de volver a ganarse la simpatía del público, así que el caso de esta empresa me intrigaba en exceso. Finalmente iba a poder apreciar de primera mano y realmente conocer a fondo cómo funcionaba una empresa que aparentemente desafiaba todo sentido común sobre la importancia de la percepción pública.

Tuve que hacer mucha investigación al respecto de la empresa, era mi trabajo conocer a detalle los puntos a favor y en contra, conocer lo que dice la gente, lo que conoce, lo que piensa, lo que siente y en especial el por qué de todas esos conceptos, finalmente así es como se hace Planeación Estratégica de comunicación. Mi trabajo es entender el panorama social y cultural para proponer una solución.

En mi investigación encontré muchas, muchas piezas de información tanto de instituciones educativas, gubernamentales, privadas y muchas opiniones independientes. Hice monitoreo de Redes Sociales, de volumen de conversación y tres de las piezas que más me gustaron fueron estas:

Estos artículos presentaban una fuente nueva al problema que me estaba enfrentando, básicamente trivalizando las críticas y los ataques que se hacen y fundamentándolos en una mera falla por parte de la empresa para haber resuelto problemas de imagen de manera oportuna y sobre todo enfatizando que el problema es mucho más complejo y demandante que una mera satanización o canonización de una tecnología, producto o marca sobre otro.

Cuando comencé a trabajar con la empresa en cuestión, muchos de estos puntos fueron validados. Ellos nunca consideraron importante la opinión pública básicamente porque ellos no ofrecen ningún producto a esa audiencia. Sus clientes son agricultores y ellos son una de las decenas de empresas que oferta en una compleja industria y tienen su propio sabor de problemas cotidianos que, según su modelo de negocio, son mucho más importante de atender que la opinión pública, que, como explica Susan Blackmore en “The Meme Machine”, se comporta similar a un virus, es decir, que tiene un código genético inicial que va mutando y adaptándose según las condiciones locales y en este caso sociales o culturales. Lo que está enfrentando esta empresa actualmente es simplemente una mutación, sumamente resistente, de temas que se originaron en una sobresimplificación de temas sumamente complejos de biología, química y genética que dificilmente se podrá resolver con alguna otra estrategia que no sea educación.

El punto de esta historia, es que tener un contacto tan cercano con las conversaciones, debates y argumentaciones de ambas partes (a favor y en contra, porque en este argumento aparentemente no puede haber un término medio, es en extremo polémico) me permitió finalmente entender algo que nunca me había cuadrado por completo durante mi búsqueda del estilo de vida saludable:

Cómo sociedad, no tenemos la más mínima idea de qué comemos y por qué lo hacemos.

Durante mi investigación, uno de los argumentos más prevalentes eran personas diciendo que ellos no querían comer algún producto, sin saber que dicho producto es y ha sido parte de la dieta cotidiana de todos los mexicanos por casi dos décadas. La gente está convencida, por alguna razón de que hay alimentos que, sin explicación biológica alguna producen enfermedades tan graves como el cáncer (haciendo de lado la idea que el cáncer es una sola enfermedad, y no un término para clasificar a un grupo de enfermedades) o peor aún, la muerte.

Otros no parecen conocer en absoluto el ciclo de producción de su comida ni los roles involucrados en la producción, distribución o preparación, no teniendo idea de dónde vienen las cosas que ellos de manera cotidiana pueden ir y adquirir en un súper mercado con la certeza y garantía de que siempre podrán encontrar una amplia oferta en cualquier momento o época del año. ¿De dónde viene eso? ¿Quién lo produce? ¿Cómo se produce?

Veo como la sociedad culpa a las empresas de la crisis de obesidad, aún cuando absolutamente todas las empresas que se dedicaban a la producción de comida “engordante” (porque eso era lo que el público demandaba) ahora ofrece soluciones mucho más saludables. Se critica a las empresas de refrescos por el exceso de azúcar y ahora ofrecen soluciones bajas o sin azúcar o con endulzantes sin sintetizar. Cómo concluye el documental Food Inc. es hablando sobre el poder de los consumidores de alterar la oferta de productos por parte de las empresas, diciendo que si los consumidores desean (y compran) alternativas más concientes y ecológicas, entonces veríamos cada vez más empresas moviéndose en esa dirección, pero la desinformación hasta este momento lo ha permitido y, nuevamente, todo eso es producto de desinformación y desconocimiento.

Hace unas semanas, en broma, le decía a mi equipo cómo el trabajar con esta empresa me ha arruinado la vida. El punto de esa broma era explicar que todo lo que he aprendido sobre la producción de comida y el rol que juega en el panorama mundial es algo que una vez que se hace consciente no se puede volver atrás. Al hacer el súper, al leer algo en Internet, al salir a comer, siempre está presente ese cuestionamiento de querer saber qué estoy comiendo, el cual es mi estado actual.

A esta desinformación del origen de la comida, viene la desinformación sobre la comida en si. La gente no sabe que es una caloría, pero sabe que son malas. La gente tiene la certeza que el pan engorda, que el tocino tiene buen sabor y que su bebida de café y té verde es saludable, pero no tiene el menor conocimiento de qué sustancias componen esos alimentos o cómo se procesan en su organismo. La gente no sabe qué y cuánto comer, entonces come lo que se le antoja, en las cantidades que consideran adecuadas. Algunos pocos, conscientes, tal vez se pesen de vez en cuando pero, sin la información correcta, no hay nada que puedan hacer al respecto. Otros, tal vez tengan la ayuda de un especialista, pero finalmente depende de la voluntad y disposición del individuo alcanzar sus objetivos; y los especialistas tampoco hacen un esfuerzo activo por que la gente ‘entienda’ los conceptos a los que se enfrentan.

Comer es algo que hacemos todos los días, es algo fundamental y necesario; pero aún así, nos hemos convertido en una sociedad enferma. La enorme accesibilidad que tenemos a una experiencia placentera a través de la comida nos ha llevado a una “fetichización” de los alimentos. No comemos para sobrevivir, para sustentarnos o ni siquiera como parte de una celebración o momento especial. Ahora comemos todo, todo el tiempo, buscados en la búsqueda absoluta del placer, determinando que lo que comemos o dejamos de comer sea parte de nuestra personalidad. La comida dicta posturas políticas, sociales, niveles socioeconómicos pero también se ha convertido la única satisfacción o escape en la vida de las personas. Comer se ha vuelto un acto inconsciente y hedonista y narcisista, completamente falto de respeto, entendimiento o aprecio (producto de la falta de educación) y ahora es un ‘statement’ de quién eres y cómo piensas. La comida ha pasado a definirnos como sociedad; y como sociedad, tenemos muchos problemas.

No nos damos cuenta que la comida es la raíz de los principales retos que enfrentamos como especie a nivel mundial. La agricultura y ganadería son los principales responsables de emisiones contaminantes, que han provocado el calentamiento global. También son responsables de la deforestación. La comida es también origen de algunos de los problemas de salud más importantes de toda la humanidad como las enfermedades cardiacas y la diabetes, producto de la obesidad que ahora afecta a más de la mitad de los adultos del mundo y está en camino a afectar a una tercera parte de los niños mientras una parte de la sociedad activamente apoya el sobre peso como un estilo de vida, como algo deseable. Su contraparte, la desnutrición, provoca que el cerebro de millones de niños nunca se forme por completo, lo que significa que nunca podrán si quiera aspirar a competir en la adultez con individuos que recibieron la nutrición adecuada. La mitad del mundo está obeso, la otra mitad malnutrido. Y todo esto por algo tan sencillo, tan cotidiano como un plato de comida.

Ya no podemos ser apáticos. Ya no podemos únicamente quejarnos y señalar culpas en las empresas, en los modelos económicos. Tenemos que tomar control, tenemos que informarnos, educarnos, educar a las personas que nos rodean y volver al nivel más básico y fundamental para curar nuestra relación con la comida. En menos de 15 años, la población mundial crecerá un 20%, la mayor explosión demográfica en un periodo tan breve de tiempo. Dejemos de decir qué no, dejemos de decir a qué nos oponemos sin considerar todas las variables y roles que implica tomar una postura tan radical. Dejemos de tratar la comida como un tema tabú.

Todos queremos comer mejor, todos queremos la tranquilidad de que lo que comemos todos los días no nos va a ser daño a nosotros ni a nuestras familias y por eso necesitamos producir más con menos. Necesitamos que los recursos que dedicamos a producir nuestra comida sean menos y más eficientes, pero de mejor calidad, que estén listos para hacerle frente al complicado e incierto futuro que se nos avecina pero que aprovechen décadas de investigación y avances científicos y tecnológicos. Necesitamos gente culta, educada y que sepa de lo que está hablando en términos de alimentación. Necesitamos gente que sepa exactamente cuantas calorías necesita al día, que sepa cuantas calorías ingiere, que busque soluciones nutritivas pero que aprenda el valor de disfrutar una comida deliciosa, con moderación. Necesitamos curar nuestra relación con la comida y creo que contar lo que he aprendido en mi búsqueda por cómo llevar un estilo de vida más saludable puede ayudarle a alguien.

User Experience Architect / Curador @UXMexico /#UX / adriansolca.com

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